Meditación en espirales

Una reflexión sobre la obra de Ernesto Ríos

Satsi Acevedo

Cada lengua tiene sus palabras para nombrar al mundo y, a veces, las traducciones no hacen justicia a la belleza de algunas de ellas. Por ejemplo, recientemente aprendí que el grado académico PhD, dado en inglés y equivalente a lo que en México llamamos Doctorado, se refiere a Philosophiae Doctor o Doctor de Filosofía. Este título se otorga en casi cualquier materia de estudios, no por su relación con la Filosofía como la entendemos, sino porque hace alusión al origen griego de la palabra: amor por el conocimiento. Y vaya que es necesario amarlo para obtener un título de esa magnitud y el derecho de que tal poesía acompañe su nombre.

Ese es el caso de Ernesto Ríos, Doctor en Artes Visuales, quien imprime esa dedicación no sólo en su trabajo, sino también en su paso por la vida. El amor apasionado e inspirador por el arte lo ha llevado a recorrer distintos lugares del mundo dedicado a aprender y trabajar, y ahora lo trae de regreso a México, con una visión fresca y lleno de ideas innovadoras para producir desde el reencuentro con su tierra.

Haber iniciado su carrera en el arte a muy temprana edad trae como resultado que tenga ya una trayectoria larga, de muchas decisiones y dilemas, y que continúa presentando nuevas alternativas. Estos caminos, obstáculos, decisiones y logros se presentan tanto en su obra como en su vida, en una relación interminable de causa y efecto en la que es indiscernible cuál de las dos influyó primero en la otra.

El punto de partida

Ríos es un artista que nació en Cuernavaca de padres fotógrafos y que tuvo la influencia de distintas disciplinas y personajes durante su infancia y adolescencia. Aunado a lo anterior, su talento empezó a manifestarse desde la infancia y con ello, su formación artística. Ríos estudió dibujo y pintura desde los 11 años en el Instituto Regional de Bellas Artes en Cuernavaca y tuvo su primera exposición individual a los 19. Paralelamente, estudió Fotografía en la Escuela Activa y poco después, realizó la licenciatura en Literatura y lenguas Hispanas en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos.

Para el 2004, Ríos ya había transitado por diversas disciplinas y el viaje apenas estaba empezando. Siendo un artista que comenzó tan temprano a producir, las oportunidades de desarrollarse han sido muchas y con ellas han venido decisiones que tomar. Una de esas decisiones, fue dejar Cuernavaca con el objetivo de seguirse formando como artista multidisciplinario. En ese año se integró a la Universidad de Nueva York para realizar estudios de maestría en Telecomunicaciones Interactivas, los cuales le han permitido ampliar el rango de posibilidades para su trabajo y lo han llevado a estar convencido de que la ciencia y el arte pueden ir de la mano y enriquecerse mutuamente.

Tal es esta interrelación, que la esencia del trabajo de Ríos no sería la misma si hubiese nacido décadas atrás, no solamente porque algunas de sus obras serían tecnológicamente inviables, sino además porque parte de su discurso se basa en la evolución de la representación de la esencia humana a partir de la combinación de disciplinas clásicas como dibujo y pintura con nuevos medios como animación, vídeo y arte digital. Este maridaje arte/ciencia no se limita a los medios de producción, también está presente en el proceso creativo pues la obra de Ríos no se concibe sólo desde el campo de la estética. Así como la belleza del arte se aprecia a través de complejos mecanismos cerebrales que comandan los sentidos, el carácter artístico del trabajo de Ríos, proviene de un cuidadoso y profundo acercamiento científico a la relación entre las estructuras presentes en la naturaleza y las que el hombre construye, como individuo y sociedad, proyectando su universo interior. La similitud entre una colonia de hormigas y una ciudad, el parecido entre las conexiones sociales que construimos con nuestros conocidos y la interrelación de las moléculas que nos dan vida. No hay nada fuera de la naturaleza, nosotros somos parte de ella y desde ese lugar, creamos sociedades, ciudades, edificios, redes que sólo pueden semejar lo que hemos sido, somos y conocemos. En ese sentido, la función de la ciencia en el arte es observar y describir esas estructuras que se repiten a sí mismas y que imitamos para, a partir de ese conocimiento, crear nuevas tecnologías que nos ayuden a evolucionar la manera en que nos representamos a través de la creación artística.

Los caminos que resultan de la intersección de arte, ciencia, historia, estética y tecnología son un laberinto con arena jugando a ser tiempo, polímeros piramidales determinados a ser memoria, perspectivas axonométricas intentando ser espacio… Todo ello concebido en la imaginación y sensibilidad de Ernesto Ríos.

Los caminos, bifurcaciones y puntos muertos

Durante los años productivos de Ríos como artista visual, su trabajo ha girado en torno a un eje que le da unidad en el tiempo. Este eje es la relación entre la esencia humana y el tránsito por el espacio, y se manifiesta más evidentemente en sus creaciones laberínticas. Ríos comenzó a explorar el complejo y rico tema del laberinto desde que era niño, llenando sus cuadernos con dibujos de estructuras que tenían una sola entrada y una salida pero múltiples caminos posibles, trampas y puntos muertos. Más tarde, consiguió un libro viejo que pondría en perspectiva esos dibujos, dejándole ver que el laberinto -según el historiador Hermann Kern- es un símbolo universal con más de cuatro mil años de historia que se basa en la observación de los diseños de la naturaleza para representar la esencia y la condición humana desde diversas áreas del conocimiento, tales como la mitología, religión, filosofía, psicología, etc., las cuales a su vez se entrecruzan y a veces entran en conflicto. Así, el interés de Ríos por los laberintos se hizo más fuerte y a cada paso, fueron surgiendo nuevas vertientes para el desarrollo del leitmotiv laberíntico como base de su obra.

Uno de los autores que han influido en el trabajo de Ríos es Umberto Eco, escritor y filósofo Italiano, quien se ha interesado en este arquetipo por mucho tiempo y ha publicado obras como El nombre de la Rosa (1980) y prólogos que han aportado a este asunto como El Libro de los Laberintos de Paolo Santarcangeli (1967). En Por Laberintos (2010) Eco establece que existen tres tipos de laberintos: el univiario o clásico, el manierista o de caminos alternativos y el rizoma o de ramificaciones infinitas. En el primero, existe una entrada y un solo camino hacia la salida; es un laberinto que no representa complicaciones para ser transitado. En los otros dos tipos, se requiere hacer una serie de elecciones entre los caminos (o futuros) posibles con el objetivo de llegar al centro. Una vez ahí, debe realizarse otra serie de decisiones para salir, siempre con el riesgo de no lograrlo. Los tres tipos de laberintos asemejan el pensamiento humano en diferentes estados, y específicamente el rizoma está presente en estructuras naturales de tipo fractal como algunas plantas, microorganismos, partes del cuerpo humano e inclusive en las configuraciones de internet y las redes sociales.

Ríos ha plasmado en lienzos y papeles las proyecciones de las estructuras laberínticas construidas en su imaginación. Una de las técnicas que utiliza para hacerlo es fusionar fragmentos de laberintos de diferentes épocas y estilos a través de operaciones boleanas y, en ocasiones, los integra con pirámides visualizadas en perspectivas axonométricas. El resultado es la creación de nuevas formas y geometrías que por lo general parecen suspendidas en el espacio con una ligereza que no corresponde a su complejidad, y que simbólicamente representan la esencia humana como base para la arquitectura y para la construcción de caminos y ciudades que sólo se materializan tras una concepción intangible. Esta paradoja y la exactitud de las líneas hacen una seductora invitación a recorrer visualmente la obra.

Como bien lo sugirió Borges en varios de sus poemas, transitar por un laberinto es una experiencia temporal y espacial similar a la vida. En ambos escenarios se presentan los mismos elementos, y al igual que al tratar de resolver un laberinto, en la realidad nos encontramos a menudo ante espejismos, encrucijadas que enfrentar y decisiones complejas que tomar, con el riesgo siempre latente de equivocarnos. Elegir una u otra opción es resultado de la lucha entre nuestros anhelos y miedos. En el caso de Ríos, después de haber completado la maestría en Telecomunicaciones Interactivas en la Universidad de Nueva York (2004-2006), en 2009 la Universidad Royal Melbourne Institute of Technology lo premió con un estudio y le otorgó una beca completa para realizar sus estudios de Doctorado. Emprender este camino representaba riesgos, sin embargo, a pesar de los que él preveía y las advertencias sobre todo lo que tendría que sacrificar para lograr el grado, decidió tomar la oportunidad teniendo en mente el beneficio que significaría para su formación y se mudó a Australia para comenzar a recorrer un camino que por momentos parecería la ilustración que acompaña en el diccionario a la definición de rizoma.

Ríos afirma que el laberinto es una forma de iniciación y actitud frente a la vida y al mismo tiempo, una veta de inagotable inspiración que ha evolucionado a través de los siglos convirtiéndose en una de las temáticas más antiguas e intrigantes de la humanidad. Al igual que varios de los artistas y pensadores que ha estudiado para desarrollar sus investigaciones, ve en el laberinto un símbolo de viaje espiritual y de introspección. Para él, lo que ha vivido, las advertencias vueltas realidad, los encuentros inesperados, el tiempo lejos de casa, son parte de la complejidad de una estructura laberíntica; todo con el objetivo de llegar al centro, donde espera la cúspide de la realización. Este paralelismo entre realidad y obra, abunda en coincidencias y construye un imaginario más complejo. La tortuosidad que supone el laberinto se representa en la vida con los problemas cotidianos, algunos más graves que otros; sin embargo, Ríos ve estos obstáculos y encrucijadas como un proceso evolutivo en el que se va aprendiendo de las decisiones tomadas para construir sobre ellas.

Esa visión positiva y constructiva que caracteriza al artista lo ha llevado a no quedarse estancado en una fórmula para crear. Ríos ha explorado distintas metodologías y técnicas para expandir los límites de su obra y ampliar su vocabulario visual a través de nuevas tecnologías y materiales. Muestra de lo anterior es la incorporación a su trabajo de pirámides hechas con la ayuda de impresoras 3D y polímeros, máquinas de corte láser, gráfica digital, Net-Art, programación para desarrollar obras interactivas en paralelo al uso de arenas, pigmentos naturales, hoja de oro, grafito y cerillos por mencionar algunos. Toda esta fusión forma parte de una nueva manera de experimentar el espacio desde la representación tangible de la esencia del individuo en la arquitectura. Encontrar el espacio interior para reformular su obra con una combinación de los distintos tipos de laberintos, pirámides y nuevos híbridos, no sólo es una etapa más de evolución en su trabajo, sino también una muestra del tránsito personal de Ríos en su propio viaje de autodescubrimiento.

El centro o culminación

El objetivo principal en un laberinto es llegar al centro; la culminación de un largo recorrido donde se encuentra lo más deseado. Para Ríos, el fin de los caminos vertiginosos que lo llevaron a Australia y a través del trayecto de su Doctorado, no era solamente obtener el grado, sino también hacerlo de una manera en la que pudiera integrar otros aprendizajes a su necesidad creativa, haciéndole honor al amor que le profesa al conocimiento. Con ese espíritu, Ríos fue el primer estudiante en realizar una tesis interactiva en la universidad Royal Melbourne Institute of Technology. Utilizando tabletas digitales, vídeos, pizarrones y hasta cerillos usados, entre otros recursos, invitó al público a participar activamente en la exposición con la que concluyó sus estudios y en la que ellos mismos podían crear y construir sus propios laberintos, complementando las obras ahí exhibidas.

La tesis resultante es imponente y deja ver claramente la dedicación de Ríos y el cuidado de los detalles. Con el título Reconfigurando el laberinto: Una exploración de las formas tradicionales del laberinto1 a través de prácticas de arte contemporáneo, Ríos presenta un estudio de las obras de diferentes creadores a lo largo de la historia que refleja el profundo interés que la humanidad ha tenido en estas estructuras. Esa mirada al pasado hace aún más rica y contrastante la reinterpretación de Ríos, a partir de la influencia de su propio contexto, incorporando nuevas tecnologías a las disciplinas clásicas para crear obras nuevas que si bien hablan de la continuidad en el estudio del laberinto como símbolo, sorprenden con el reflejo tangible de la esencia humana en evolución.

De la obras propias que presenta Ríos en el documento como sustento de la tesis e hilo conductor de su investigación, llama especialmente la atención la obra interactiva: Sand-Clock. Este reloj de arena, al igual que otras obras del artista, no está hecho sólo para ser contemplado aunque hacerlo resulta hipnótico y cautivador; Sand-Clock está concebido para ser percibido a través de los cincos sentidos. La obra consiste en una estructura de base cilíndrica llena de arena muy fina sobre la cual se proyecta el vídeo de un diseño laberíntico y la cara de un reloj de manecillas en movimiento, y acompañada de sonidos de relojes mecánicos, olas, viento y otras texturas sonoras, se presenta en un cuarto oscuro. Esta manera de comunicar al espectador las dimensiones de tiempo y espacio a través de los sentidos es muestra del interés de Ríos por compartir su visión mediante la experiencia de los otros. En Sand-Clock la transversalidad de los medios sirve también para proponer un intercambio de la experiencia de transitar el laberinto: en lugar de hacerlo caminando, la obra permite recorrerlo con la mirada y acariciar la arena produciendo efectos ópticos que simulan ondas líquidas y generan la idea de ecos, tiempo y memoria.

El espectador tiene la ilusión de poder asir el laberinto y por tanto de poseerlo, sin embargo, eso no significa solucionarlo, ni siquiera conservarlo como un souvenir de la experiencia, pues la arena pronto se escurrirá entre los dedos. Esa metáfora es aplicable a la ilusión espacial de haber resuelto el laberinto al “alcanzar” el centro, tocándolo y teniendo una pausa; pero una vez ahí, el espectador encuentra el desencanto de la no realización frente el espejismo que supone la proyección de un ví¬deo. Ante la ambigüedad de haber logrado o no llegar al centro, ahora se enfrenta a un nuevo reto que no es de culminación sino de supervivencia: lograr salir del laberinto. En Sand-Clock, el concepto de salida pareciera confuso, puesto que no hay realmente una entrada. Esa imprecisión agrega otra dimensión de lectura a la obra, convirtiéndola en un punto más de encuentro con la realidad.

La salida y la posibilidad de no salir nunca

Según Umberto Eco, la entrada en los laberintos supone el riesgo de perderse. Una decisión o un paso son suficientes para errar el rumbo y perder el camino. Sin embargo, sucede que lograr salir de un laberinto y seguir avanzando nos lleva a la entrada de uno nuevo, como sugirió Borges en varias de sus obras literarias, pues no podemos recorrer una senda que no represente lo que somos. El camino, tanto en la creación como en la vida, no es una línea recta y no hay fórmulas para la solución. Ríos enfrenta esta fatalidad con tenacidad y espíritu aventurero, permitiéndose perderse en el caos y transformándolo con la disciplina del trabajo arduo en su estudio, que es mejor descrito como un laboratorio de arte.

La obra de Ríos es una vertiginosa combinación imaginaria y tangible de dimensiones, escalas, tiempos, materiales, sentidos, tecnología, emociones y disciplinas, que logra ser coherente y transmitir la relación fractal que existe en todo lo vivo en el universo. No sólo la estructura laberíntica se repite en plantas y otros seres; todas las formas, colores e historias somos ecos complejos y evolutivos unos de otros. La naturaleza encuentra resonancia en el arte, el arte en la ciencia, la ciencia en las ciudades, las ciudades en el cuerpo humano… Esta barroca correspondencia se representa en un poema de William Blake de 1863, citado en la tesis de Ríos:

Ver un mundo en un grano de arena,
Y un cielo en una flor silvestre,
Tener la infinidad en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Al igual que en la naturaleza, en la obra de Ernesto Ríos no hay descanso ni azar; es un bello y cuidadoso equilibrio entre pasión y racionalidad.